ALTERNATIVA

Posted on Ene 13, 2017 in Para el blog | Comentarios desactivados en ALTERNATIVA

ALTERNATIVA

Se abotonó la blusa con calma y buscó los zapatos que reposaban al lado de la misma cama donde había pasado la noche y sobre la que él aún continuaba durmiendo. Sonrío con tristeza ante la imagen del hombre que había
abrazado durante horas y salió de la habitación cuidando el silencio para no
despertarlo.

La puerta giratoria del hotel le devolvió a la calle, se acomodó el abrigo y sacó el pañuelo azul del bolso para cubrirse el cuello con él. Estaba amaneciendo y la ciudad comenzaba a mostrar la actividad de un día laboral. Permaneció unos minutos observando el ritmo de la calle, taxis en busca de clientes se agolpaban en su correspondiente parada mientras señores de traje paseaban su maletín camino de algún lugar que a Lucía no le interesaba.

Comenzó a caminar despacio marcando pausadamente sus pasos ¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que deseaste algo? pensó en el momento que se paraba frente a un estanco.

Un señor de mediana edad estaba terminando de quitar el cierre metálico y Lucía decidió esperar, no tenía prisa por llegar a ningún lado a pesar de tener una dirección a la que dirigirse.

Compró un paquete de cigarrillos, la misma marca que había fumado tiempo atrás antes de que a su alrededor todo el mundo se permitiera opinar sobre su salud, y agradeció educadamente al hombre que estaba tras el mostrador que
le devolviera su cambio.

Salió a la calle y encendió el cigarro. Dio una calada profunda, sintiendo como el humo se deslizaba despacio hacia sus pulmones y comenzó a toser de forma violenta. Recuperó el aliento sonriendo, miró el cigarro que aún permanecía entre sus dedos y volvió a inhalar su humo gris.
Pensó en Ismael y en Ricardo. Con el primero llevaba casada veinticinco años, al segundo lo había conocido en una fiesta que había dado la empresa de su marido hacía tres meses. La compañía de ninguno de los dos le proporcionaba algo parecido a un bienestar y con ambos el sexo era la continuación de su propia existencia, ninguno se preocupaba de nada salvo de su propio placer.

Sonrió a su insatisfacción y continuó caminando. Tiró el cigarro que comenzaba a quemarle en los dedos y encendió otro mientras observaba como quedaba su gesto al llevárselo a los labios en el escaparate de una tienda
de ropa. En ese momento algo le oprimió el pecho, no reconocía la imagen que le devolvía el reflejo del cristal, por primera vez se observó detenidamente recorriendo cada centímetro de sí misma y centró su mirada en los ojos de la
imagen. No le sorprendió no encontrar ningún brillo en ellos, las pupilas permanecían apagadas como si el color azul hubiera tornado en un gris plomizo. Intentó devolver una sonrisa al vidriado pero lo único que encontró fue el reflejo de las arrugas que se marcaban junto a la comisura de sus labios y pensó que esa mañana tenían mayor profundidad en su rostro.

Retrocedió dos pasos instintivamente sin poder apartar la mirada de esa imagen mientras su mente no dejaba de repetir: “esa no eres tú” Se sintió agotada y se dejó caer en un banco al lado de un anciano que leía el periódico. Sacó su móvil y comenzó a pasar las fotografías que se encontraban en él, una tras otra fue eliminando el rastro de su propia imagen en el aparato sin apenas visualizarlas un instante mientras llegaba hasta ella un pequeño  recuerdo vivido treinta años atrás. Alzó la mirada al viento y se vio llegando al salón de su casa donde encontró a su madre llorando, era el día de su veinticinco cumpleaños. Se levantó y se dirigió hacia ella mientras Lucía permanecía en silencio en el umbral de la puerta. Le abrazó serenamente mientras le susurraba al oído: yo no pude pero tú no debes permitirlo.

Una triste sonrisa recorrió el rostro de Lucía al comprender lo que ese día pretendía decirle su madre.
– ¿Tiene hijos? – preguntó al anciano que continuaba sumido en la lectura.
El hombre le miró sorprendido, dobló el diario con cuidado y lo dejó sobre sus piernas mientras adoptaba una postura más cómoda para iniciar una conversación.
– Sí, tengo dos. Un chico y una chica. ¿Usted ?

– No – dijo Lucía sintiendo una alegría que no podía definir

– ¿No pudo? – preguntó el anciano mostrando curiosidad

Lucía lanzó una gran carcajada al aire mientras negaba con la cabeza. Se levantó y se dirigió hacia el semáforo para cruzar la calle dejando al hombre a su espalda negando sobre sus pensamientos.

Mientras esperaba a que la luz verde le diera la posibilidad de cruzar recordó las consultas médicas y el sentimiento de culpa que había experimentado durante años por no poder concebir un niño. Evocó las noches llorando sobre
la almohada y la vergüenza que le llevaba a disculparse cada vez que tenía ocasión durante los primeros meses frente a su familia. Las pruebas fueron concluyentes y Lucía tuvo que interiorizar el hecho de que su cuerpo no le permitía ser madre. Se odió durante semanas sintiendo la frustración golpearla el pecho mientras la indiferencia de su marido y la condescendencia de la gente que revoloteaba sobre su habitación le sumía en una profunda tristeza.
Las personas que se agolpaban en el paso de peatones junto a ella comenzaron a cruzar mientras Lucía permanecía parada con la mirada fija más allá del horizonte del edificio que se alzaba frente a ella. Sintió como algo le golpeaba con fuerza en el pecho y gritó al viento intentando liberar los recuerdos que le atenazaban. En ese momento se sintió a sí misma y quedó desconcertada durante un instante observando a dos niños que avanzaban jugando de la mano de su madre.

Dio la vuelta y salió corriendo en busca del anciano que había dejado en el banco. Llegó jadeando y se situó frente a él. El hombre volvió a doblar el periódico, esta vez molesto por la presencia de Lucía y le inquirió a que hablase con una mirada penetrante.

– Nunca quise tener hijos – le espetó mientras sus ojos expresaban un brillo diferente.

El anciano le miró con indiferencia y regresó a su lectura.

– Quizás mi cuerpo fue más sabio que mi mente – dijo a un interlocutor que ya no le prestaba atención y comenzó a correr de nuevo.

Frenó en un pequeño parque que encontró a su paso y se tumbó en el césped. El calor que desprendía su cuerpo le hacía no sentir las primeras gotas de lluvia que comenzaban a caer y decidió quitarse la chaqueta para colocarla
debajo de su cabeza a modo de almohada. Permaneció durante unos minutos observando las formas que adquirían las nubes en su desplazamiento y como se moldeaban de acuerdo a la necesidad meteorológica del momento. En ese
instante experimentó una dualidad de emociones que le hicieron sonreír en el mismo momento que las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas.

Se vio a sí misma moldeando su camino para adaptarse a lo que esperaban de ella a la vez que olvidaba lo que esperaba ella de su propia vida.
Se incorporó escondiendo su rostro entre las manos y rompió a llorar sintiendo la angustia recorrer su cuerpo mientras intentaba recordar las metas que creía haber tenido alguna vez.

– ¿Se encuentra bien?

Levantó la mirada y encontró a su lado a una chica que le mostraba un gesto preocupado.

– Sí – respondió – creo que mejor que nunc a

– ¿Seguro?, no parece muy animada

Lucía se retiró las lágrimas del rostro y comenzó a ponerse la chaqueta con calma.

– ¿Qué edad tienes?

– Diecisiete – dijo la chica desconcertada por la pregunta

– Hoy es el inicio de mi vida – dijo Lucía – no llegues a mi edad para comenzar la tuya.

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