Relatos Cortos

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ALTERNATIVA
Se abotonó la blusa con calma y buscó los zapatos que reposaban al lado de la
misma cama donde había pasado la noche y sobre la que él aún continuaba
durmiendo. Sonrío con tristeza ante la imagen del hombre que había
abrazado durante horas y salió de la habitación cuidando el silencio para no
despertarlo.
La puerta giratoria del hotel le devolvió a la calle, se acomodó el abrigo y sacó
el pañuelo azul del bolso para cubrirse el cuello con él. Estaba amaneciendo y
la ciudad comenzaba a mostrar la actividad de un día laboral. Permaneció
unos minutos observando el ritmo de la calle, taxis en busca de clientes se
agolpaban en su correspondiente parada mientras señores de traje paseaban
su maletín camino de algún lugar que a Lucía no le interesaba.
Comenzó a caminar despacio marcando pausadamente sus pasos ¿Cuánto
tiempo hace desde la última vez que deseaste algo? pensó en el momento que
se paraba frente a un estanco
Un señor de mediana edad estaba terminando de quitar el cierre metálico y
Lucía decidió esperar, no tenía prisa por llegar a ningún lado a pesar de tener
una dirección a la que dirigirse.
Compró un paquete de cigarrillos, la misma marca que había fumado tiempo
atrás antes de que a su alrededor todo el mundo se permitiera opinar sobre su
salud, y agradeció educadamente al hombre que estaba tras el mostrador que
le devolviera su cambio.
Salió a la calle y encendió el cigarro. Dio una calada profunda, sintiendo como
el humo se deslizaba despacio hacia sus pulmones y comenzó a toser de forma
violenta. Recuperó el aliento sonriendo, miró el cigarro que aún permanecía
entre sus dedos y volvió a inhalar su humo gris.
Pensó en Ismael y en Ricardo. Con el primero llevaba casada veinticinco años,
al segundo lo había conocido en una fiesta que había dado la empresa de su
marido hacía tres meses. La compañía de ninguno de los dos le proporcionaba
algo parecido a un bienestar y con ambos el sexo era la continuación de su
propia existencia, ninguno se preocupaba de nada salvo de su propio placer.
Sonrió a su insatisfacción y continuó caminando. Tiró el cigarro que
comenzaba a quemarle en los dedos y encendió otro mientras observaba
cómo quedaba su gesto al llevárselo a los labios en el escaparate de una tienda
de ropa. En ese momento algo le oprimió el pecho, no reconocía la imagen
que le devolvía el reflejo del cristal, por primera vez se observó detenidamente
recorriendo cada centímetro de sí misma y centró su mirada en los ojos de la
imagen. No le sorprendió no encontrar ningún brillo en ellos, las pupilas
permanecían apagadas como si el color azul hubiera tornado en un gris
plomizo. Intentó devolver una sonrisa al vidriado pero lo único que encontró
fue el reflejó de las arrugas que se marcaban junto a la comisura de sus labios
y pensó que esa mañana tenían mayor profundidad en su rostro.
Retrocedió dos pasos instintivamente sin poder apartar la mirada de esa
imagen mientras su mente no dejaba de repetir: “esa no eres tú”
Se sintió agotada y se dejó caer en un banco al lado de un anciano que leía el
periódico. Sacó su móvil y comenzó a pasar las fotografías que se encontraban
en él, una tras otra fue eliminando el rastro de su propia imagen en el aparato
sin apenas visualizarlas un instante mientras llegaba hasta ella un pequeño
recuerdo vivido treinta años atrás. Alzó la mirada al viento y se vio llegando al
salón de su casa donde encontró a su madre llorando, era el día de su
veinticinco cumpleaños. Se levantó y se dirigió hacia ella mientras Lucía
permanecía en silencio en el umbral de la puerta. Le abrazó serenamente
mientras le susurraba al oído: yo no pude pero tú no debes permitirlo.
ALTERNATIVA Beatriz Gómez Lorenzo
Una triste sonrisa recorrió el rostro de Lucía al comprender lo que ese día
pretendía decirle su madre.
– ¿Tiene hijos? – preguntó al anciano que continuaba sumido en la lectura.
El hombre le miró sorprendido, dobló el diario con cuidado y lo dejó sobre sus
piernas mientras adoptaba una postura más cómoda para iniciar una
conversación.
– Sí, tengo dos. Un chico y una chica. ¿Usted ?
– No – dijo Lucía sintiendo una alegría que no podía definir
– ¿No pudo? – preguntó el anciano mostrando curiosidad
Lucía lanzó una gran carcajada al aire mientras negaba con la cabeza. Se
levantó y se dirigió hacia el semáforo para cruzar la calle dejando al hombre a
su espalda negando sobre sus pensamientos.
Mientras esperaba a que la luz verde le diera la posibilidad de cruzar recordó
las consultas médicas y el sentimiento de culpa que había experimentado
durante años por no poder concebir un niño. Evocó las noches llorando sobre
la almohada y la vergüenza que le llevaba a disculparse cada vez que tenía
ocasión durante los primeros meses frente a su familia. Las pruebas fueron
concluyentes y Lucía tuvo que interiorizar el hecho de que su cuerpo no le
permitía ser madre. Se odió durante semanas sintiendo la frustración
golpearla el pecho mientras la indiferencia de su marido y la condescendencia
de la gente que revoloteaba sobre su habitación le sumía en una profunda
tristeza.

Las personas que se agolpaban en el paso de peatones junto a ella
comenzaron a cruzar mientras Lucía permanecía parada con la mirada fija
más allá del horizonte del edificio que se alzaba frente a ella. Sintió como algo
le golpeaba con fuerza en el pecho y gritó al viento intentando liberar los
recuerdos que le atenazaban. En ese momento se sintió a sí misma y quedó
desconcertada durante un instante observando a dos niños que avanzaban
jugando de la mano de su madre.
Dio la vuelta y salió corriendo en busca del anciano que había dejado en el
banco. Llegó jadeando y se situó frente a él. El hombre volvió a doblar el
periódico, esta vez molesto por la presencia de Lucía y le inquirió a que
hablase con una mirada penetrante.
– Nunca quise tener hijos – le espetó mientras sus ojos expresaban un brillo
diferente.
El anciano le miró con indiferencia y regresó a su lectura.
– Quizás mi cuerpo fue más sabio que mi mente – dijo a un interlocutor que
ya no le prestaba atención y comenzó a correr de nuevo.
Frenó en un pequeño parque que encontró a su paso y se tumbó en el césped.
El calor que desprendía su cuerpo le hacía no sentir las primeras gotas de
lluvia que comenzaban a caer y decidió quitarse la chaqueta para colocarla
debajo de su cabeza a modo de almohada. Permaneció durante unos minutos
observando las formas que adquirían las nubes en su desplazamiento y como
se moldeaban de acuerdo a la necesidad meteorológica del momento. En ese
instante experimentó una dualidad de emociones que le hicieron sonreír en el
mismo momento que las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas.
Se vio a sí misma moldeando su camino para adaptarse a lo que esperaban de
ella a la vez que olvidaba lo que esperaba ella de su propia vida.
Se incorporó escondiendo su rostro entre las manos y rompió a llorar
sintiendo la angustia recorrer su cuerpo mientras intentaba recordar las
metas que creía haber tenido alguna vez.
– ¿Se encuentra bien?
Levantó la mirada y encontró a su lado a una chica que le mostraba un gesto
preocupado.
– Sí – respondió – creo que mejor que nunc a
– ¿Seguro?, no parece muy animada
Lucía se retiró las lágrimas del rostro y comenzó a ponerse la chaqueta con
calma.
– ¿Qué edad tienes?
– Diecisiete – dijo la chica desconcertada por la pregunta
– Hoy es el inicio de mi vida – dijo Lucía – no llegues a mi edad para
comenzar la tuya.

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Se arrodilló, el estómago le golpeaba con fuerza hasta provocarle grandes arcadas y su respiración se entrecortaba producto de la tensión. Se arqueó y fijó su mano derecha con fuerza sobre el pavimento. Hubiese querido arañarlo hasta ver sus dedos sangrar pero se contuvo, la última vez tardó más de un mes en sanar y el retraso que eso produjo en sus días le enfureció.

Respiró profundamente hasta llenar sus pulmones y comprobó que el hormigueo en sus piernas permanecía latente. Se dejó caer sobre su espalda y fijó la mirada en el cielo gris que a esa hora de la tarde amenazaba con romper sus líneas y descargar la tormenta prevista.

Cerró los ojos y se dejó envolver por las sensaciones que su cuerpo le estaba transmitiendo. Era su momento, el momento de disfrutar de toda la escena que había compuesto previamente para calmar su necesidad.

Disfrutaba con cada centímetro de su cuerpo conmovido por el escalofrío nervioso que le atravesaba mientras mentalmente iba siguiendo el punto exacto de mayor ansiedad.

Todo a su alrededor permanecía en calma, elegía lugares solitarios donde no pudiese encontrar más sonido que el de su propios pensamientos. Gozaba con el bombeo de sus palpitaciones, podía sentirlas en su frente a la vez que sus oídos taponaban las intromisiones externas.

Arqueó las cejas y rompió a reír de forma estrepitosa. Su pecho se sacudía violentamente bajo la profusión de carcajadas que salían despavoridas de su interior.

Se agarró la garganta con fuerza hasta calmar la risa y dejó que las imágenes de las dos últimas horas llegaran hasta él. Vio sus manos, su rostro y la tensa espera en la penumbra. Sus pensamientos comenzaron a golpearle a tal velocidad que no le permitían saborear las escenas vividas.

Intentó incorporarse levemente pero un súbito mareo le tumbó de nuevo en el suelo. Sus labios comenzaron a agrietarse mientras intentaban verbalizar algo imperceptible. Quiso gritar pero su garganta apenas emitió un leve sonido:

– Necesito…

Permaneció tumbado durante algunos minutos más hasta sentirse menos inestable y con gran esfuerzo consiguió incorporarse hasta quedar sentado. Se tapó el rostro con ambas manos presionándolo con fuerza mientras comenzaban a recorrerle unas incipientes lágrimas. Las apartó con rabia y pudo sentir como la presión de su pecho iba en aumento hasta comenzar a costarle respirar. Inspiró con fuerza mientras se levantaba y chilló hasta vaciarse de todas las emociones que se agolpaban en él.

El estallido final hizo que sus energías desaparecieran, sus extremidades apenas podían sostener el peso de su cuerpo y su mente parecía absorta en un ligero zumbido que le provocó dolor de cabeza.

Se desplazó unos metros arrastrando los pies hasta el lugar donde había depositado cuidadosamente doblada su chaqueta. Se sentó junto a ella y buscó entre sus bolsillos. Cogió un pequeño calendario y comprobó que era quince de octubre. Deslizó sus dedos por los números que aparecían impresos hasta llegar al marcado con una cruz.

– 15 de julio.

Vio como cada tres meses había marcado el día 15 en el calendario y sonrió. Le faltaban los del año anterior pero sabía que número de días señalados en el papel era el que estaba viviendo.

– El último – se dijo – soy un hombre de palabra.

Guardó el calendario de nuevo y se puso la chaqueta mientras se incorporaba. Respiró lentamente y permaneció con la mirada fija en el suelo durante un instante.

– Es el fin de mi existencia, no moriré pero tampoco podré decir que sigo vivo.

Caminó unos metros hacia su derecha y vio el cuerpo inerte que había transportando hasta allí. Lo observó detenidamente recorriendo cada centímetro del hombre que horas antes le había estado suplicando y se arrodilló junto a él.

  • Matarte no fue gratificante, no era el objetivo. Son las sensaciones que me produce después lo que me lleva hasta el éxtasis, lo que me hace disfrutar de estar vivo.

Deslizó su dedo por la nariz del hombre y comprobó que la sangre aún no estaba muy seca. La recogió en su índice y se dirigió al árbol que estaba junto a él.

Dibujó el número 7 en la corteza con el rojo de la sangre y dio dos pasos hacia atrás para observarlo con mayor perspectiva. Sonrió y sacó el móvil.

“La incompetencia mata inspector y la suya se ha cobrado 7 víctimas. En el primer mensaje le dije que pararía en esa cifra pero he comprendido que sólo podré hacerlo si usted me detiene. Así que hoy es su día de suerte. Le espero.”

Pulsó enviar y supo que no tardarían en localizarlo. Se sentó, se acomodó la chaqueta y se encendió un cigarro.

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